Aniversario 27

publicado el 8 de marzo de 2013

PALABRAS DEL PROFESOR JOSÉ ERNESTO ARIAS

Quiero hacerme la imagen de Santo Tomás de Aquino, pero desde que tuvo uso de razón; y me imagino a un niño de Primero de Primaria, 6 años, gordito, que abstraído de las burlas de algunos compañeros debido a su gordura, se acuerda de Dios constantemente, y escucha en las hoilías acerca del Hijo de Dios, llamado Jesús, que vino a la tierra y se hizo hombre, que sufrió y que le dieron muerte. Y pregunta Tomás, tal vez con indignación, “¿Por qué lo mataron si fue bueno” o “¿Cuándo volverá? Porque dijo que volvería.” Siempre tiene alguna pregunta.

Me lo imagino también a sus 12 años, en donde toma más en serio sus estudios; y creciendo en la fe antes de empezar a estudiar le pide a Dios que le ayude a entender lo que leerá. Y continúa con nuevas preguntas: “¿Por qué Dios no arregla el mundo si puede hacerlo? ¿Por qué permite que ocurran cosas malas?” pero, a pesar de estas contradicciones aparentes, sigue creyendo, confiando en Dios, a quien empieza a conocer como Padre porque, en ocasiones, le ha concedido pedidos expresados en sus oraciones.

A sus 18 años hay nuevas preguntas. “¿Habrá un destino o existe la libertad? ¿Qué es la eternidad? ¿Se puede probar que Dios existe o es solo un dato de la fe?” Crecen las preguntas, pero no abandona a Dios.

A sus 19 años, y esto ya no es imaginación, conoce a la orden religiosa de los dominicos, con la que se entusiasma, y a la cual ingresa, no sin antes haber tenido problemas con su familia por querer entrar a esta orden.

Y dentro de la orden conoce a quien sería su gran maestro, Alberto de Colonia, más adelante San Alberto el Magno, para quien en un tiempo en que ciencia y religión estaban peleadas, opinaba que nada que nos permitiera ampliar nuestro conocimiento del mundo podía ser malo en sí mismo, que la fe religiosa y el conocimiento intelectual, la ciencia, podían ser reconciliados.

Y ahí está el joven Tomás, escuchando a su maestro, volviéndose más serio buscador del saber, del conocimiento, de la ciencia, sin dejar de creer. Las dos cosas, saber y creer, ciencia y fe, estarán siempre unidas en él; la una satisface su intelecto, la otra, su espíritu. Siempre tendrá ansias de saber, pero su ansia más profunda será siempre Dios.

Es extensa y profunda la obra filosófica que nos ha legado pero es más grande su vida de fe. Enseñó la fe, pero más que todo, vivió la fe.

¿Cuál fe? La de que la Providencia gobierna todo en el universo, y cuando uno la deja, gobierna en la vida propia, en donde esta Providencia se convierte en las acciones de un padre. Tomás vivió en la seguridad e interna alegría de saberse, de sentirse, un hijo de Dios. Y vivió en la inocencia que le dio el decidirse a ser según la voluntad buena de su Padre Divino. A este respecto dijo su confesor que la última confesión de Tomás fue igual a la que tendría un niño de cinco años: inocente, sin deudas ni morales ni espirituales.

Por esta misma fe, pese a su brillantez intelectual, nunca humilló a nadie y tomó en serio cualquier pregunta, por tonta que fuera. Cualquier persona era importante.

Por esta misma fe, nunca se vanaglorió de su saber, siempre llamó la atención sobre la verdad, por lo tanto, de Dios; no lo distrajo ni la fama que adquirió, ni la admiración de sus alumnos, ni los honores que le hicieron, ni los cargos jerárquicos que le ofrecieron. Tampoco la burla de sus compañeros lo hizo, ni la nobleza familiar. Nada le interesó más que conocer a Dios, a través de su filosofía, sí, pero más a través de su fe.

¡Cuánto necesitamos a hombres como Tomás! El mundo está lleno de hombres de ciencia que abandonan la fe. En algunos aspectos, el conocimiento intelectual y científico al que hemos llegado, es un peligro para la humanidad.

Los hombres de ciencia deben ser también hombres de verdadera fe. El hombre sin Dios, aunque gane todo lo que el mundo pueda darle, está vacío y perdido.

Santo Tomás de Aquino será por siempre ese hombre que nos recuerda que la verdad completa está en la reunión de la ciencia y la fe, tal como el hombre es completo cuando su intelecto y su espíritu están unidos.

Vaya nuestra admiración, nuestro respeto, y nuestro agradecimiento a aquel bajo cuyo nombre estamos hoy reunidos.

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